lunes, 1 de febrero de 2021

El misterio del zafiro - capítulo 20


 20

 Kaffe le contó a su padre cómo vio la puerta abierta al santuario y me encontró ahí. El gran Zaid arrugó la frente. 

—¿Es eso cierto, hebrea?

—Sí, señor. Pero no robé nada. Al contrario. Buscaba al culpable. 

Kaffe lanzó una carcajada.  Jendayi y su madre estaban a la derecha. Num y Kaffe a la izquierda. Un juicio desigual. 

—Tal vez se llevó el zafiro dentro de la ropa que le damos a lavar. 

Num habló: —He revisado la ropa, señora. Todo está en orden. 

—Llamen a Hagar —ordenó el gran Zaid. 

La esclava llegó en seguida. La contemplé con atención. Como siempre, traía su collar rojo, pero no faltaba ni una cuenta. El gran Zaid le repitió sus sospechas. 

—¿Has visto algo que te indique que esta chica ha robado el zafiro?

Hagar comprimió los labios. Lucía muy pálida. ¿Estaría enferma?

—No, señor. Pero es una hebrea. Ellos poseen magia poderosa. Magia para la que no existen amuletos y…

—¡Basta! —ordenó Zaid—. Los hebreos son un pueblo esclavo, no una potencia. 

En eso, finalmente apareció Manu.  Zaid contempló a su hijo. 

—Ven acá. ¿Conoces a esta chica?

Manu agachó la vista: —No, señor. Aunque adivino que es una esclava. 

Zaid se rascó la barba: —Los han visto conversando. 

Manu negó con la cabeza. 

—¿No juegan al senet juntos?

—No, señor. Eso lo hacía con mi esclavo Sargón. El que huyó. 

¡Mentiras y más mentiras! Sargón ni siquiera sabía acomodar las fichas en el tablero.

—Entonces di la verdad, esclava. ¿Dónde está el zafiro?

Abrí los ojos de par en par. Sin la ayuda de Manu, estaba perdida.

—¡Yo no lo tengo, amo!

Me agaché y pegué mi frente en el suelo en señal de humillación. ¿Qué debía hacer para que me creyeran? 

Alcé un poco la vista unos milímetros. A mi derecha, tres pares de pies pequeños y femeninos se cubrían por hermosas sandalias. A la izquierda, dos pares de pies medianos estaban entre los enormes pies oscuros de Num. 

—No sé si mientes, hebrea. Pero si me estás engañando, espero que esta lección te haga entender con quién tratas. ¡Castígala, Num!

El látigo apareció enseguida. Nada me salvaría esta vez. Me cubrí la cara y apreté los labios. Estaba sola. Nadie me defendería. Mi madre no estaba allí. Manu me había traicionado. ¡Qué tragedia! 

El primer golpe me tumbó al suelo. ¡Qué dolor! Las lágrimas fluyeron. Uno más. Zaid llamó a sus hijos y la familia salió de ahí. Num, Hagar y yo estábamos solos en la sala. Entonces pensé en las palabras de Sargón. Nuestro Dios era más poderoso. 

—Dios de mis padres, ayúdame. Llevo dos latigazos y ya siento que me muero. No soportaré uno más.

—Es suficiente —rogó Hagar—. Es una niña.

—Es una hebrea—dijo Num entre dientes. 

—Y su Dios es poderoso —insistió Hagar. 

Num resopló y se marchó. Yo traté de moverme. La espalda me ardió. La sangre en mis labios indicó que los había mordido al reprimir los gritos. Una mano suave me acarició. 

—Te curaré. 

Hagar me ayudó a pararme. Caminamos hasta la cocina, donde pocas esclavas trabajaban. Hagar pidió un poco de agua. En el jardín encontramos una banca de piedra solitaria y Hagar limpió mi espalda. 

—Tu Dios es poderoso, hebras. ¿Cuál es el secreto de su magia? 

Solo sabía que mi Dios escuchaba mis plegarias.

—¿No lo sabes o no me lo quieres decir?

Debía hablar en el idioma de la supersticiosa Hagar, así que respondí: —Su magia es demasiado sencilla. No requiere de amuletos ni de encantamientos. Solo confiar en Dios.

Eso había hecho unos instantes atrás.

—No vuelvas más, Adina. En esta casa corres peligro. 

—Yo no robé el zafiro. 

—Lo sé. 

—¿Conoces al ladrón?

—No. Pero sé que quien lo haya hecho tiene miedo, y eso nunca es bueno. 

—Por cierto, ¿tienes muchos collares rojos?

Hagar sonrió y besó las cuentas rojas. 

—Son bendecidas por la diosa Isis. Tenía otro collar, pero hace unos días, o tal vez meses, se rompió la cuerda en el pasillo. Me puse a llorar y Num me regañó. Él no entiende de estas cosas; no cree en nada ni en nadie. Me ordenó que recogiera cada bolita roja. Si encontraba una, me golpearía. Así lo hice. 

—¿En qué pasillo fue?

—Donde está el guardián alado. 

Cerca del santuario. Quizá la bolita había caído al suelo y se había quedado atorada en la pared falsa. Y cuando el ladrón entró, la pateó dentro sin querer. Por eso la descubrimos en el santuario. Hagar era inocente. Sargón era inocente. ¿Quién había robado el zafiro?

—Dime, Adina, ¿cómo me protejo de los castigos de tu Dios?

—Solo obedece a Moisés. En unos días, morirá todo primogénito. Debes conseguir un cordero.  

—Suena demasiado sencillo. Los dioses, por lo general, exigen sangre humana. Veré qué hacer. Ahora vete y no vuelvas nunca más. 

Me fui con las manos vacías.  Sin ropa. Sin pago. Ni siquiera con un amigo. Con el corazón triste me marché. Más que la espalda, me dolía la traición de Manu. Había creado que era mi amigo. 


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sábado, 30 de enero de 2021

El misterio del zafiro - capítulo 19

 19

—¿Qué haces aquí?

La voz de Kaffe resonó en el santuario. ¿Qué hacer? No hice nada.

—¿Quién eres? ¡Ya te reconozco! La hebrea que remienda túnicas. 

Kaffe se veía enorme desde su posición. Lucía alto, con el rostro colorado por la furia. Traía el cabello más largo que Manu, pues se había cortado la trenza de la infancia, aunque no llegaba a la barbilla del gran Zaid.

—Seguramente tú has robado el zafiro. 

—No, señor…

—¡Silencio! ¡Ponte en pie! ¡Num!

Num llegó enseguida. Entró por la puerta secreta, la que estaba abierta de par en par. ¡Un momento! ¿Así que todos conocían cómo entrar?

—¿Dígame, amo?

—Mira lo que he encontrado. Venía cruzando el pasillo cuando percibí la pared abierta. ¡Y me topó con una ladrona!

Los ojos de Num me atravesaron con odio. 

—¿Qué hacemos, amo?

—¿Qué son esos gritos?

La dama Nefertiti apareció. No venía maquillada, por lo que lucía fatal. 

—¿Qué hace este esclavo en el santuario?

—Es el ladrón, mamá. 

—No, señora. Yo no tengo nada. 

La dama Nefertiti se acercó con el ceño fruncido. 

—Ponte en pie. Por supuesto que debía ser una hebrea. ¿Quién más? ¡Vamos! Dame el zafiro. 

—Pero yo no lo tengo…

—Seguramente se lo llevaste a tu madre, esa bruja…

No toleré que insultara a Ima, así que grité con todas sus fuerzas: —¡No soy una ladrona! 

Pero la dama Nefertiti me soltó una bofetada que casi me rompe el cuello. Me llevé la mano a la mejilla. Nadie me había golpeado antes. Ni mi padre, ni mi madre, ni Bubee. ¡Qué humillación!

¿Y dónde estaba Manu? Él aclararía toda la situación. Pero no apareció él, sino su padre. El gran Zaid alzó las manos. 

—¿Qué hacen todos aquí? ¡Fuera! Estamos contaminando el santuario.

—Pero, papá…

—Me darán explicaciones en otro lugar. ¡Por todos los dioses, Nefertiti! ¿Quieres más maldiciones sobre esta familia? 

Num me sujetó del brazo con tal fuerza que hundió sus dedos en mi piel. En cuanto Manu apareciera, todo se solucionaría. Y así, Num me arrastró a la sala principal donde Zaid escuchó las acusaciones. 

 

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viernes, 29 de enero de 2021

El mistero del zafiro - capítulo 18

 

18

Al día siguiente me encaminé a casa del gran Zaid con la ropa lavada. Bubee lo advirtió. Si volvía con más encargos, me llevaría una tunda y Bubee no bromeaba. 

Me entristecí a medida que avanzaba. Egipto era un desastre. Así ni daban ganas de quedarse. El río olía mal y cargaba cadáveres de todo tipo. Los campos habían quedado en el olvido. Lo que no se llevó el granizo lo hicieron las langostas el día anterior. Nuevamente, las tierras donde morábamos los hebreos se salvaron de la marejada de insectos que arrasó con los plantíos.


Num me recibió con su seriedad habitual. Sujetó la ropa, pero no me dio tiempo de recitar lo que Bubee me había dicho, sino que se marchó enseguida. Mientras tanto, busqué a Manu. 

Lo hallé en el lugar de siempre, en el jardín, contemplando el tablero de senet con suma seriedad. 

—¡Adina! Pensé que no volverías. 

Y casi no lo hacía, pero no quise desilusionarlo. 

—¿Y Sargón?

—Se fugó. Es un traidor. 

¿Un traidor? Había sido golpeado por no encontrar un látigo; luego le habíamos jugado una broma pesada. Vivía lejos de casa, pues había sido secuestrado por un grupo de vendedores de esclavos. ¿Qué esperaba Manu? 

—Aprovechemos que mi padre ha salido. Vamos al santuario para investigar. 

La puerta secreta nos dio paso al santuario. Se encontraba intacto. Al parecer ni siquiera Zaid lo había visitado pues se vislumbraba un poco de polvo. 

—Debes buscar un cordero de un año y matarlo en cuatro días, Manu. Vendrá un ángel…

—Si encontramos el zafiro, todo estará bien. Podrán venir más pruebas, pero mi familia estará protegida. 

Yo no estaba tan segura del poder del zafiro. Algo extraño ocurría. Algo superior a la lógica. Aún en mi poco conocimiento del mundo, sabía que no podían juntarse tantas calamidades en tan poco tiempo. La naturaleza entera parecía conspirar contra Egipto. ¿Podría una piedra azul proteger a Manu? Sin embargo, mi espíritu investigador despertó. 

Me aproximé a la puerta de bronce, el acceso principal al santuario. Habíamos revisado por fuera, sin hallar nada. Pero una huella, o lo que se percibía como tal, se ubicaba justo entre el altar y la puerta de bronce. Nos arrodillamos para examinarla. 

—Curioso. No trae sandalias. 

—Quizá no quería hacer ruido. 

—Puede tratarse del pie de mi padre. A veces se pone descalzo ante los dioses. Es una costumbre antigua. 

Coloqué mi propio pie junto a la huella. ¡Qué enorme! No había visto un pie tan grande. ¿Así de alto era el gran Zaid? 

Continuamos revisando cada recoveco, hasta que, detrás del altar, dimos con una pequeña piedra roja, la cuenta de un collar.

—Debió ser una mujer. Ellas usan muchos collares. 

—¡Hagar! 

La esclava de la dama Nefertiti favorecía un collar largo y ancho de cuentas rojas. 

—Pero… ¿por qué? —pregunté.

—Para protegerse. Es supersticiosa. Le mete ideas a mi madre que mi padre censura. Debemos tener cuidado con ella. Tal vez podamos buscar entre sus cosas y buscar el zafiro. 

—Y podemos revisar su collar. Quizá le falte una cuenta roja. 

En eso, un maullido nos hizo saltar. ¡Manchas! ¿Qué hacía allí? Manu palideció. Había dejado entreabierta la puerta secreta. 

—Debo sacarlo o nos meterá en problemas. Tú sigue buscando, Adina.

Cargó al gato y se encaminó al pasillo. Yo gateé por el suelo en la espera de dar con otra prueba en contra de Hagar. Hasta que un grito me paralizó y me quedé como una estatua. 


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jueves, 28 de enero de 2021

El misterio del zafiro - capítulo 17



 17

Volví a un rincón, el más apartado de la ventana, para no escuchar el estruendo. No podía regresar a mi casa con semejante tormenta. Manu se acercó y no habló de Sargón. Seguramente ni se dio cuenta que se había marchado. 

—Si Sargón no robó el zafiro, ¿quién lo hizo? —siguió preguntando.

—Algún otro sirviente —propuse. 

En eso, igual que como empezó, la tormenta cesó. Sus estragos habían marcado los alrededores, pero Num me entregó más ropa para lavar y yo huí en cuanto pude. 

Bubee me recibió con un abrazo.

—¿Dónde te metiste, hijita? ¡Jehová sea bendito que has vuelto con bien!

Ima también lucía descompuesta. 

—El granizo fue terrible. 

—¿Cuál granizo? Hoy ha hecho un sol hermoso —comentó Dan con Mío al lado.

¿Cómo era posible que hiriera de tal modo las tierras de Zaid y no las de mi comunidad, tan cercana a ellas? Repetí las palabras de Sargón. Mi Dios derrotaba a los egipcios. Debería sentirme feliz. ¿Entonces por qué no sonreía?

Pero ¿cómo iba a sonreír cuando debía seguir lavando ropa? 

—No le debes nada a esos egipcios, Elisabet. Dile a Adina que la devuelva tal como está —sugirió Bubee. 

Quizá me salvaría de ir al río. Ima analizó la propuesta. 

—Pero tú me has enseñado a cumplir con mis obligaciones. Sería irresponsable. Además, ¿qué culpa tienen los niños de esa familia?

—Entonces que sea la última vez —decretó Bubee.

Sargón se había escapado. El zafiro no aparecía. Las plagas cada vez eran más terribles. ¿Y además lavar ropa? 

Entonces, a media noche, como si un rayo volviera a partir el cielo en dos, desperté con el corazón palpitante. Mi prodigiosa memoria no me falló. Ese día era el décimo, desde que se inició nuestro calendario hebreo por mandato de Moisés. Eso implicaba una sola cosa. Ese día se elegiría al cordero.

Salí temprano y me llevé a Mío a los campos más cercanos que pertenecían al templo de Osiris. Desde las plagas, había poca gente trabajando en ellos. El granizo no había afectado al trigo, pero aún así, no se veía un solo campesino en las inmediaciones. Me senté con Mío cerca. ¿Qué pensaba hacer?. ¿Dejarlo libre? Algún animal salvaje lo devoraría. ¿Ocultarlo? ¿Dónde? ¿Cómo? Dejé que las horas pasaran, hasta que escuché a Ima.

—¿Dónde te habías metido, Adina? Me darás un susto que me enviará a la tumba uno de estos días. 

—Yo…

—Bubee tenía razón. Andas ocultando a Mío. Pero ven, debemos irnos. Una plaga atacará los campos en las próximas horas. 

Obedecí por miedo. Si se parecía un poco al granizo, no quería estar presente. 

En el camino, Ima habló con tranquilidad. 

—Sé lo que sientes. No quieres perder a Mío. 

Las lágrimas me traicionaron.

—Es mi mascota

—¿Y no se te ha ocurrido que Bubee también tiene miedo? Si Mío no da su sangre, el tío Aholiab morirá, así como su hijo mayor. 

Al principio, cuando Moisés avisó aquello del ángel de la muerte, no lo creí. Sonaba demasiado fantasioso. Pero después de la sangre en el río, las ranas, los mosquitos, las moscas, la muerte del ganado, las úlceras en Manu y el granizo, ya no estaba tan segura.  El Dios de Abraham era poderoso.

Habíamos llegado a casa. 

—Quizá Mío ha nacido para esto. Dios lo envió al mundo para que tomara el lugar de muchos. Muchos dependen de él. Y creo que si él hablara, estaría dispuesto a dar su vida. 

Aún así me dolía, y mucho.


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miércoles, 27 de enero de 2021

El misterio del zafiro -capítulo 16


 16

Después que gané la partida de senet, Manu se asomó por la ventana. El granizo continuaba. Dos árboles del jardín se habían desplomado ante el ataque celestial. 

—Tengo una idea. Quizá Sargón trae el ojo de Horus colgando de su cuello. Si hacemos que se ensucie y se cambie, podemos descubrirlo.

Preparamos todo en la habitación de Manu, quien hizo llamar a su esclavo personal. Habíamos colocado un cubo con lodo, el que recogimos de lo mucho que se iba amontonando en ventanas y puertas debido a la tormenta. Amarramos el cubo con una soga. En el momento exacto, yo tiraría de ella y el lodo cubriría a Sargón. 

Escuchamos las pisadas. Supliqué que se tratara de Sargón y nadie más. ¿Qué tal si ensuciábamos a Jendayi o a Kaffe? ¿A la dama Nefertiti o al gran Zaid? Pero Manu me hizo una seña y el chorro cayó sobre Sargón, quien lució descompuesto de la ira, en tanto Manu se deshacía en carcajadas. Yo no reí. Ni siquiera lo disfruté. De hecho, me atormentaba la culpa. ¿Qué sentiría en el lugar de Sargón? ¡Qué humillación! ¡Qué mala broma! 

—Anda a limpiarte, esclavo. 

Sargón se dio la media vuelta. Manu lo siguió y se ocultó detrás de una cortina. Yo aguardaba en un rincón, triste por lo que había hecho. Sargón no merecía ese maltrato. Los dos éramos esclavos. 

—No tiene el ojo —me dijo Manu cuando regresó y se puso a ver por la ventana nuevamente. Yo decidí salir al pasillo y esperar instrucciones. En eso, Sargón salió y yo lo detuve. 

—Lo siento, Sargón. 

Él me contempló con extrañeza. 

—¿De qué hablas?

—Siento haberte ensuciado. Siento que te hayan castigado por mi culpa hace unos días. 

Sargón se rascó la cabeza. 

—No entiendo, hebrea. ¿Por qué te disculpas cuando tu Dios está derrotando a los egipcios? Deberías sentirte… feliz. 

¿Feliz? ¿No escuchaba los truenos que rompían con el silencio a cada instante? 

—Estoy seguro que la broma fue obra de Manu. ¿Pero qué buscaban?

—Pensamos que tú habías robado el zafiro y lo traías bajo tus ropas. 

—Si lo hubiera robado no lo traería en mí. Ese zafiro está maldito. Escucha, hebrea, ¿quieres reparar tus afrentas? Entonces haz algo por mí. Algo sencillo. Quédate aquí con Manu y no preguntes por mí. 

—¿Escaparás? —Sargón traía en su espalda un pequeño bulto—. No debes salir. Es peligroso. Moisés dijo…

—Esta es mi mejor oportunidad. 

No me dio tiempo a responder pues corrió rumbo a la puerta. Me abalancé hacia la ventana que daba al camino de tierra que seguramente Sargón tomaría. En unos segundos, observé la silueta del chico luchando contra el granizo. Sus pies se hundían en el lodo complicando su avance. Un relámpago alumbró, luego la oscuridad impidió que lo viera. Otro rayo de luz reveló que había cubierto unos cuantos metros. Yo le pedí al Dios de mis padres que lo protegiera.

 

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martes, 26 de enero de 2021

El misterio del zafiro - capítulo 15

 


15

—¿En qué estabas pensando, Adina? —Ima se cruzó de brazos y contempló el bulto de ropa—. Tengo que lavar también lo de nosotros, y mi espalda me está doliendo…

Bubee sacudió la cabeza: —Todos ayudaremos, Elisabet. Aunque ya no debes trabajar para esa mujer egipcia. Pronto nos marcharemos. 

—Pues mientras no lo hagamos, debo buscar el pan de cada día.

Lamenté haber provocado tal fricción pero decidí congraciarse con ambas y auxilié en las tareas. Al día siguiente, aprovechando que la ropa se había secado ante el intenso calor, me dirigí a casa de Zaid. 

Ima me rogó ser cautelosa. Nadie sabía qué plaga empezaría ese día.

—A nosotros no nos tocan los desastres, Ima. 

Noté que algo extraño ocurría desde la distancia. Los esclavos de Zaid hacían lo imposible por meter a las ovejas y las vacas en el establo. ¿A media mañana? Num me sujetó del brazo. 

—No debiste venir hoy, esclava. Elegiste mal día. Moisés ha anunciado que lloverá granizo. Mi amo ha venido para ordenar que animales y gente nos ocultemos. Moisés advirtió que todo el que quede a la intemperie, morirá. 

¿Y qué de Mío? Todas las mañanas, Dan salía a pastar con los animales. Debía advertirle. Traté de caminar, pero Num me sujetó con fuerza. 

—Te quedarás aquí hasta que pase el granizo. No llevaré en mi conciencia una muerte, ni siquiera la de una hebrea.

Se marchó por un pasillo, pero hablaba en serio. Preocupada por Mío, recargué su espalda sobre la fría pared y lancé un suspiro. No debimos apresurarnos con la ropa. 

—Adina… —La voz de Manu me trajo al presente—. Ven acá. 

Me condujo a su habitaciónn. 

—Mi padre ha ordenado que permanezcamos en nuestros cuartos. Jendayi está con mi madre, llorando de miedo; y creo que Kaffe se refugia con mi padre, pero yo no tengo miedo. Nada me pasará. 

—¿Por qué lo dices?

—Porque ahora estás conmigo, tonta. Todos saben que a los hebreos no les pasa ninguna tragedia.

En eso, un trueno retumbó en la casa, seguido por otro más. Nubes negras cubrieron el firmamento a pesar de la hora y el granizo se dejó venir. Más que hielo, parecían rocas. Un golpe de una de ellas acabaría con la vida de un animal o un hombre. 

—Lo siento por los que no escucharon a Moisés —murmuró Manu—. Juguemos senet. 

Sacó el tablero que continuaba igual que la última vez. Fue el juego más largo, más interrumpido y más laborioso de mi vida, y creo que de Manu también. Los truenos, el granizo golpeando el techo y los sollozos de las mujeres nos distraían de nuestras respectivas estrategias. 

—¿Y Sargón? 

—En la cocina. Lo envié ahí cuando te vi llegar. Estoy casi seguro que él robó el zafiro. Casi no me habla. Actúa de un modo extraño. 

—Pero no tenemos pruebas. 

—Debemos buscarlas, pero hoy será imposible entrar al santuario. No con mi padre en casa. Pero ¡ya sé! Busquemos entre las pertenencias de Sargón.

—No creo que deje algo tan preciado entre sus cosas. 

—Tienes razón —Manu resopló. 

—Algo se nos ocurrirá. 

Por lo pronto, debíamos terminar el juego y rogar que el granizo terminara.

 

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lunes, 25 de enero de 2021

El misterio del zafiro, capítulo 14



 14

—Vamos, Adina. Hora de ir a dejar estas prendas —ordenó Ima. 

Num me recibió con cierta alegría.

—Has venido en buen día.

Tomó el encargo y ni siquiera lo revisó. 

—¿Tu madre lava? La mitad de los esclavos ha enfermado. Otros han huido, y unos más se niegan a trabajar. Le pagaremos bien a tu madre si en dos días nos devuelve la ropa limpia. A ustedes los hebreos, al parecer, no les afecta la epidemia. 

Mi madre no lavaba ajeno. Le costaba trabajo ir al río y tallar. Pero Num me mostró los anillos de cobre y supuse que no se negaría.

—Iré por la ropa. Tardaré un poco, pero no te vayas.

Me senté en un banquillo. Manu no aparecía por ningún lado. De repente, Sargón asomó su rostro y me hizo una seña. Lo seguí hasta la habitación de Manu. ¡Qué enorme era! En ella dormirían hasta diez hebreos.

Manu reposaba sobre unos almohadones. Me mordí el labio al contemplar la piel ulcerada de mi amigo.

—Déjanos solos —Manu le dijo a Sargón. 

Me acerqué a su lecho. 

—Debemos encontrar el ojo de Horus, Adina. Estamos desprotegidos. Mi mamá está enferma, así como Jendayi y Kaffe. Solo mi padre continúa con salud. Quien haya robado el zafiro, sabía lo que hacía. 

—Por eso mismo, no pudo ser alguien de tu familia, Manu. 

—Eso ya lo sé. ¿Pero quién? ¿Qué esclavo se atrevería a desafiar a los dioses?

—Alguno que creyera en otros dioses y que pensara que sus dioses son más poderosos. O alguien que deseara venganza. 

Manu me envió una mirada extraña, pero gimió por el ardor en la piel. 

—Sargón me sigue a todas partes. Quizá ha visto cuando abro la puerta secreta. Es como una sombra maligna, constantemente espiándome. 

—Es su trabajo.

—Pero tú lo has dicho. Tal vez quiera venganza. No me perdona que no lo defendí el día que mi madre lo mandó castigar. El día que a ti te correspondían diez latigazos. 

Yo no deseaba recordar ese día. 

—Quizá debamos volver al santuario para buscar pistas. Una piedra, un trozo de tela, un hilo. 

En eso, Sargón tocó la puerta y los dos intercambiamos miradas. 

—Ten cuidado —le advertí al despedirme.

Num ya me aguardaba en la puerta con un bulto de ropa sucia. Sentí un escalofrío. Mi madre no podría con todo. Bubee y yo tendríamos que ayudar. Pero valía la pena. Más dinero, mejor comida. Sin embargo, me alejé con un mal presentimiento. ¿Y si Sargón había robado el zafiro? 

 

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