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sábado, 23 de enero de 2021

El misterio del zafiro - capítulo 12


 

12

Desde que entré al patio de la casa de Zaid, supe que algo grave había ocurrido. Nadie me recibió en la puerta. Num no se veía por ningún lado. Un llanto agudo y constante provenía de la parte trasera, hasta que me escabullí por los pasillos y una mano sujetó mi codo. 

—¿Qué haces aquí?

Se trataba de Manu. 

—Nadie abrió la puerta.

—El zafiro ha desaparecido —me dijo en un susurro. 

Manu me pidió que lo siguiera. Nos internamos en el jardín, lejos de los curiosos.

—¿Qué son esos gritos?

—La maldición ha caído sobre esta casa. Mi madre y mi hermana ruegan la misericordia de Osiris. Los sacerdotes han venido por el cadáver de Rojo. 

¡El toro sagrado! ¿Muerto? ¿Se debería a la enfermedad que atacaba a los animales por el edicto de Moisés? 

—¿Qué ha pasado?

—Fue durante la epidemia de moscas. Cierta mañana, mi padre entró al santuario para sus oraciones y se dio cuenta que el zafiro había desaparecido. Eso solo implicaba que habíamos quedado desprotegidos. Luego, dos días después, Rojo enfermó. Mi padre fue por los sacerdotes para que lo vinieran a recoger, pero llegaron demasiado tarde. Rojo murió anoche. 

—¿Quién robó el zafiro?

—Eso debo descubrir. ¿Me ayudarás?

—Por supuesto. Aunque he venido a dejar las túnicas…

—¿Crees que mi madre se acuerda de la ropa? Hay cosas más importantes qué hacer en estos momentos. Ven, vamos. 

Me condujo al santuario y sujetó la manija secreta. Yo le dije: —Si tú conoces cómo abrir, cualquier esclavo lo puede descubrir y…

Manu alzó la mano en señal de silencio.

—Ningún esclavo cuerdo se atrevería a desafiar la maldición. ¿Qué no lees por ti mismo?

Miré las inscripciones sobre el marco de la puerta. 

—Olvidé que no sabes leer —suspiró Manu—. Dice: «Maldito todo aquel que abriere este portal salvo la familia directa del gran Zaid». ¿Lo ves?

—¿Quieres decir que…?

—A ti no te pasará nada, hebrea. Porque tú no abriste la puerta. Lo hice yo. ¿Notas la diferencia?

Me alegré de la noticia. Nada malo me pasaría. Ingresamos al santuario por la puerta secreta y Manu se dirigió a la caja de madera que estaba vacía. El ojo de Horus había desaparecido. 

—Debió ser alguien de la familia. No existe otra explicación. 

—Busquemos pistas —sugerí. 

Pero los gritos de afuera penetraron la cámara sagrada. 

—Mejor salgamos de aquí. Mi padre anda en la cercanía. Quizá fue mi hermana —continuó Manu una vez que descansamos bajo la sombra de un árbol—. Anda muerta de miedo. La pasó mal con los moscos, luego con las moscas. Y dime, ¿ya viste a Moisés? ¿Cómo es?

Busqué las palabras adecuadas. 

—Es un hombre maduro…

—¿Sabías que es un asesino? —me interrumpió Manu—. Mi padre se lo ha contado a Kaffe. Huyó del palacio porque mató a un egipcio. Muchos tienen miedo de los hebreos, pero yo no. Estas epidemias y pestes no son más que castigos de Osiris y Ra porque hemos descuidado su culto. No tiene nada que ver con tu Dios, un Dios de esclavos. ¿Por qué habríamos de temerle? 

Sonaba lógico, pero ¿entonces por qué Manu temblaba?

—La muerte de Rojo ha sido casualidad. 

—Pero mis ovejas no han enfermado. Y no sufrí picaduras de mosquitos. 

Manu chasqueó la lengua: —Coincidencias. Buscaré entre las pertenencias de Jendayi. Tal vez quiere tener el ojo cerca como un amuleto. 

—¿Y por qué tu hermana hurtaría algo que dañará a su propia familia?

Manu frunció la nariz.

—Está bien. Descartemos a mis hermanos. ¿Quién más pudo hacerlo? 

—Tú también eres sospechoso.

—Por supuesto que no. Si yo lo hubiera robado, ¿para qué investigo su paradero? Ven, vamos por algo de comer.

Los esclavos continuaban rodeando el cadáver del toro sagrado y rezando a los dioses por buena fortuna. Los hermanos de Manu, mayores y con responsabilidades sociales, los acompañaban, al igual que Nefertiti y Zaid. Pero al parecer nadie notaba la ausencia de Manu, el hijo menor. 

La cocina se encontraba vacía. ¡Qué grande era! Muchos jarrones de barro. Utensilios. El fuego encendido. Ollas de barro. Los esclavos habían estado amasando pan. Olía bien. Manu me convidó un poco de vino. Yo solo había probado una especie de cerveza que Bubee preparaba. ¡Exquisito, aunque fuerte! Casi me atraganto. 

Luego, Manu me sirvió un poco de estofado. Sopa de frijol, pescado blanco, nueces glaseadas, y cebollas, muchas cebollas asadas. Quizá me dolería el estómago, pero no me importó. 

—Por lo visto comes poco. Pero debes irte. Ya pronto acabarán los cantos y los esclavos volverán. 

—¿Y la ropa?

—Vuelve en unos días. Mi madre ni siquiera lo notará. 

Sin embargo, de regreso mi mente pensaba en muchas cosas. ¿Quién había robado el zafiro y por qué? 

 

               Ninguna porción ni parte de esta obra se puede reproducir para fines de lucro

Todos los derechos reservados.

D.R. ©️ Keila Ochoa

sábado, 12 de diciembre de 2020

Los intentos de Sinfónico Guzmán, capítulo 12


 

12 - La excursión

El domingo, el maestro Estradivario pasó por mí a las nueve. La ciudad en cuestión estaba a dos horas. Me subí al asiento delantero y me puse el cinturón de seguridad. Lamenté que el maestro Pérez no trajera con él a su esposa. Me caía bien y supongo que habría sido más sencillo para mí. ¿Qué conversaría con el maestro Pérez durante dos horas de camino? 

El maestro Estradivario puso música, y no se incomodó con mi silencio. Mi mamá me había preparado unas tortas, así que me dediqué a comer y le convidé a mi maestro. Su bigote subía y bajaba mientras masticaba. En verdad comenzaba a simpatizarme. Lástima que solo nos quedaran dos clases juntos, pero yo estaba decidido a cambiar a taekwondo. Rodrigo y yo habíamos hecho planes. Los viernes, después de entrenar, veríamos películas juntos o jugaríamos video juegos. Sería divertido.

Cuando llegamos a un hermoso edificio, de esos que parecen más una iglesia que un teatro, nos acomodamos en la tercera fila. El maestro miró el programa, y yo me entretuve con un carrito de juguete que mi mamá me dejó llevar en la bolsa del pantalón. 

A las doce en punto, las luces se extinguieron. Minutos después, comenzó la presentación de una percusionista que tocaba el xilófono. La palabra xilófono significa sonido de madera, y aunque parece una marimba, tiene dos filas y suena diferente. La mujer en cuestión tocó una pieza de Vivaldi. ¡Me encantó! 

La joven tocó varias piezas más, a veces con el xilófono, otras con los platillos. Noté que no usaba zapatos, y que su cabello alborotado se movía al ritmo de la música. El público aplaudía con emoción después de cada pieza. No me pareció tan aburrido, aunque tampoco tan mágico como cuando escuché al maestro Estradivario la primera vez.

Cuando terminó el concierto, el maestro Estradivario me llevó a comer a un centro comercial. Después de dar muchas vueltas, terminamos en la comida rápida. Yo pedí una hamburguesa, él un trozo de pizza. 

—¿Qué te pareció la participación de Efigenia González?

—¿Quién es Efigenia?

El maestro arrugó la nariz. 

—¡Ah! La que tocó el xilófono. Lo hizo bien, supongo. 

—Yo pienso que es genial. Sobre todo porque es sorda.

¿Sorda? Eso no lo había imaginado.

—¿Y cómo le hace?

—Siente las vibraciones con sus pies, con sus piernas, incluso con el cuello y el rostro. ¿No te parece que es fantástica?

En minutos mi opinión había cambiado. De hecho, me hubiera gustado regresar el tiempo para verla otra vez. ¿En verdad era sorda? ¿Por eso estaba descalza? Debí prestar más atención.

—Su sordera no impidió su amor por la música. 

Adiviné que vendría una lección. Así sonaba mi mamá antes de darme una pizca de su sabiduría. 

—Entonces, ¿qué es eso único que puede impedir que tú o cualquiera haga música, Sinfónico? ¿Me puedes decir?

Sordera no, ceguera no, parálisis no. ¿Qué sería?

—No lo sé. 

El maestro Estradivario no habló hasta que terminó de masticar su pedazo de pizza y acabarse su refresco. Yo hasta creí que se le había olvidado nuestra conversación.  

—La única cosa que te puede impedir hacer música —dijo el maestro Estradivario y se inclinó hacia adelante—, es tu voluntad, Sinfónico. Si no quieres hacer música, nunca lo harás. 

De acuerdo al maestro, cualquiera podía hacer música: yo, Rodrigo, doña Queta. La pregunta era: ¿Quería yo hacer música?


        (En este video veras a Evelyn Glennie tocar una pieza de Vivaldi. No escucha desde los 12 años).

             Ninguna porción ni parte de esta obra se puede reproducir para fines de lucro

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D.R. ©️ Keila Ochoa